La estantería de juegos como objeto: cuando la colección deja de ser un medio y se convierte en el fin
💭 Reflexión

La estantería de juegos como objeto: cuando la colección deja de ser un medio y se convierte en el fin

Sobre el momento en que una colección de juegos de mesa deja de ser una herramienta para jugar y se convierte en un objeto de valor propio, y por qué eso no tiene nada de malo si se reconoce honestamente

2026/03/12·4 min de lectura
#hobby#reflexion#coleccion

Hay una diferencia entre el jugador que tiene cincuenta juegos porque ha jugado a todos y el que tiene cincuenta porque los ha comprado. El primero tiene una colección que es el resultado de su práctica. El segundo tiene una colección que es una práctica en sí misma. Ninguno de los dos está haciendo algo malo. Pero confundirlos — o confundirse a uno mismo sobre cuál de los dos se es — produce exactamente el tipo de incomodidad que aparece cuando alguien calcula el porcentaje de juegos sin abrir que tiene en la estantería.

La colección como objeto estético

Una estantería de juegos de mesa tiene una cualidad visual que los libros o los discos también tienen: la acumulación de objetos con diseño cuidado, de colores coordinados o contrastantes, de cajas de distintos tamaños con títulos en distintos idiomas, produce una presencia visual que tiene valor independiente del uso de los objetos.

Eso no es una racionalización. Es un fenómeno estético real. El artista que tiene una colección de pinturas que no vende, el aficionado a la arquitectura que colecciona planos de edificios que nunca va a visitar, el coleccionista de instrumentos musicales que toca alguno pero no todos: todos ellos tienen colecciones cuyo valor no se mide completamente en el uso.

La colección de juegos de mesa como objeto estético existe, tiene valor y produce satisfacción genuina. El problema es que el hobby tiene un lenguaje que no la nombra: habla de partidas, de horas de juego, de puntuaciones en BGG y de cuántas veces ha salido a mesa cada título. Ese lenguaje deja sin nombre a una parte significativa de lo que mucha gente hace cuando compra juegos.

El catálogo como identidad

Una colección de juegos dice algo sobre quien la posee, y eso tiene un valor social que también existe de forma independiente al uso. Tener Pax Renaissance en la estantería comunica algo distinto a tener solo Catan. Tener la saga completa de Undaunted comunica algo distinto a tener solo los más vendidos. Tener una colección de primeras ediciones de juegos clásicos comunica algo distinto a tener las últimas reediciones.

Ese valor de identidad —la colección como señal de conocimiento, gusto o pertenencia a una comunidad— es legítimo. Las personas construyen identidades con los objetos que acumulan, y los juegos de mesa no son distintos de los libros, la ropa o los discos en ese sentido.

La dificultad aparece cuando el valor de identidad de la colección se presenta como si fuera valor de uso. Cuando alguien habla de los juegos que tiene como si los jugara con la frecuencia que implica su presencia en la estantería, está mezclando dos tipos de valor distintos de una forma que puede resultar confusa para los demás y deshonesta consigo mismo.

Por qué el hobby no tiene lenguaje para el coleccionismo puro

El hobby de los juegos de mesa se articuló históricamente como una actividad de juego. Los medios, los foros, los rankings de BGG y las convenciones hablan de partidas, mecánicas, reseñas y experiencias de mesa. El coleccionismo puro — comprar sin necesariamente jugar, buscar ediciones especiales, completar sagas — existe en ese ecosistema como una práctica secundaria que se reconoce en privado pero raramente se nombra en público.

Eso produce una tensión cultural: muchas personas que practican coleccionismo puro o mixto se describen a sí mismas en el lenguaje del jugador, lo que genera la incomodidad del porcentaje alto de juegos sin jugar y la sensación de que hay algo que no cuadra entre lo que se dice y lo que se hace.

La solución más sencilla es nombrar las cosas correctamente. Quien colecciona porque disfruta de poseer y de la búsqueda puede hacerlo sin necesidad de justificarlo como práctica de juego. Quien juega y compra según juega puede hacer eso también. Y quien hace las dos cosas — que es la mayoría — puede reconocer qué parte de cada compra es cuál sin que ninguna de las dos invalide a la otra.

Lo que cambia cuando se nombra bien

Cuando alguien reconoce que una parte de su práctica en el hobby es coleccionismo —no solo juego— pueden hacer dos cosas que antes no podía hacer bien: presupuestar correctamente y evaluar compras con el criterio adecuado.

Presupuestar con honestidad significa saber cuánto se gasta en juegos que se van a jugar y cuánto en juegos que se van a tener, y decidir si esa proporción es la que se quiere. No hay proporción correcta universal. Hay proporciones que uno puede sostener sin incomodidad y proporciones que producen la sensación de que algo no cuadra.

Evaluar con el criterio adecuado significa no juzgar una compra de coleccionista con criterios de jugador. Un juego comprado porque completa una saga, porque es una primera edición descatalogada o porque tiene el arte de un ilustrador favorito no necesita justificarse con el número de partidas que va a producir. Es una compra de coleccionista con criterios de coleccionista, y eso es suficiente.

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